Impacto socioeconomico

De Madrid al cielo, y de Madrid al suelo

Jan 15, 2026

De Madrid al cielo, y de Madrid al suelo

Enero vuelve a situar a Madrid en el escaparate internacional con la celebración de Fitur, la feria de turismo más importante de España y una de las grandes citas europeas del sector. Durante unos días, la capital se convierte en el epicentro donde destinos, instituciones y empresas analizan tendencias, presentan novedades y, sobre todo, sacan pecho de los resultados obtenidos. Y razones no faltan. Los datos turísticos de Madrid en 2025 son, objetivamente, espectaculares.

La ciudad ha superado los 19,5 millones de pernoctaciones, una cifra récord impulsada de manera decisiva por el turismo internacional. El gasto turístico extranjero ha alcanzado los 15.000 millones de euros hasta octubre, pulverizando máximos anteriores. Mercados como Estados Unidos, México, Italia o Reino Unido no sólo se consolidan, sino que crecen con fuerza; mientras que Asia vuelve a mirar a Madrid con interés, con incrementos interanuales que hace sólo unos años parecían impensables. El verano de 2025, con más de cuatro millones de pernoctaciones internacionales, ha sido histórico.

Si ampliamos el foco a la última década, la foto es todavía más clara: Madrid ha pasado de ser un destino fuerte a convertirse en una potencia turística global. Incluso tras el golpe de la pandemia, la recuperación ha sido rápida y contundente. Se han superado cifras previas tanto en visitantes como, sobre todo, en pernoctaciones y gasto, un indicador clave que apunta a un turismo de mayor calidad y valor añadido. El discurso oficial habla ahora —con razón— de consolidación, diversificación de mercados y sostenibilidad.

Sin embargo, hay un elemento esencial de la experiencia turística que no está creciendo al mismo ritmo que los hoteles, los eventos o la oferta cultural: la movilidad urbana. Y aquí es donde el relato empieza a hacer aguas.

Madrid recibe más turistas que nunca, pero sigue moviéndose con prácticamente los mismos recursos en determinados sectores que hace diez años. El caso más evidente es el del taxi y las VTC. Mientras la demanda de desplazamientos se ha disparado —aeropuertos llenos, estaciones en máximos, eventos multitudinarios, barrios cada vez más visitados—, el número de licencias permanece prácticamente congelado. Estudios independientes señalan que serían necesarias alrededor de 12.000 nuevas licencias para atender de forma adecuada la demanda actual. Doce mil. No hablamos de un ajuste menor, sino de una brecha estructural entre lo que la ciudad necesita y lo que ofrece.

El resultado es fácil de percibir, tanto para el residente como para el visitante. Esperas interminables en horas punta, precios disparados en determinados momentos, dificultad para encontrar un vehículo disponible tras grandes eventos o en zonas de alta demanda turística. Para quien vive en Madrid, es una molestia diaria. Para quien nos visita, puede ser algo peor: una mala primera impresión.

Porque el turista de 2026 no compara Madrid con el Madrid de 2015. La compara con Lisboa, con París, con Milán, con Barcelona o con destinos emergentes que están apostando fuerte por modelos de movilidad más flexibles, integrados y adaptados a la demanda real. Ciudades que han entendido que la experiencia turística no empieza en el museo ni en el restaurante, sino en cómo te mueves desde que aterrizas.

Es cierto que otros modos de transporte han crecido y funcionan bien. La EMT y BiciMAD han registrado récords históricos de viajeros, especialmente en otoño de 2025. El transporte público madrileño sigue siendo uno de los grandes activos de la ciudad. Pero no todo se resuelve con metro y autobús. El taxi y las VTC cumplen una función clave: conectar puntos, absorber picos de demanda, ofrecer comodidad y flexibilidad, especialmente a turistas cargados con maletas, con horarios ajustados o con poco conocimiento de la ciudad.

Aquí es donde surge la gran contradicción. Madrid quiere proyectarse como una ciudad moderna, abierta, dinámica y competitiva a nivel global, pero mantiene una oferta de movilidad rígida, poco adaptada a la realidad actual. No se trata de enfrentar sectores ni de demonizar a nadie. Se trata de asumir que el mundo ha cambiado y que la ciudad ha cambiado aún más rápido.

El discurso de la sostenibilidad, tan presente en Fitur, también debe aplicarse a la movilidad. Sostenibilidad no es solo reducir emisiones; es garantizar que el sistema funciona, que es eficiente y que responde a las necesidades reales de quienes viven y visitan la ciudad. Un modelo que genera frustración, economía sumergida o experiencias negativas no es sostenible, por muy bien que suene sobre el papel.

El riesgo es evidente. Si Madrid no ajusta su oferta de movilidad al crecimiento turístico, puede empezar a perder competitividad. No de golpe, no con un desplome de cifras, sino de manera silenciosa. El famoso sorpasso del que ya hablan algunos analistas: ciudades españolas que, siendo más valientes en sus políticas de movilidad, ofrezcan una experiencia más fluida y atractiva al visitante. Y cuando un destino empieza a perder reputación, recuperarla cuesta años.

Madrid ha demostrado en la última década que sabe crecer, atraer y reinventarse. Los números lo avalan. Ahora le toca demostrar que también sabe gestionar ese éxito. Fitur 2026 debería servir no solo para celebrar récords, sino para abrir debates incómodos pero necesarios. Porque una capital turística global no puede permitirse que su mayor cuello de botella sea, precisamente, moverse por ella.

Javier García Vilumbrales
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