Dec 10, 2025
El automóvil particular fue, indiscutiblemente, el gran símbolo de estatus y libertad del siglo XX. Sin embargo, en la realidad urbana actual, esa imagen choca frontalmente con una paradoja financiera insostenible: tenemos activos costosos que pasan el 95% de su vida útil detenidos, depreciándose y generando gastos fijos, mientras nosotros asumimos los costos como si se usaran el 100% del tiempo. El verdadero lujo del siglo XXI ha dejado de ser dueño de un auto particular para convertirse en algo mucho más valioso: la libertad de no necesitarlo para moverse con eficiencia por las ciudades.
En un contexto global marcado por la inflación y el aumento del costo de la vida, los hogares están adoptando una nueva racionalidad económica respecto a los activos “poco activos”. El automóvil particular comienza a verse en algunas ocasiones como un “activo tóxico” en el balance económico familiar; deshacerse de esa carga —seguros, mantenimiento, combustible, permiso de circulación, estacionamiento— permite destinar el capital para hacer frente a otras necesidades económicas o inversiones.
Además, en algunos países, las generaciones más jóvenes están perdiendo el interés en sacar la licencia de conducir. Por ejemplo, en el caso de España, se ha reducido un 35% el volumen de conductores respecto a hace 15 años. La diversa oferta de movilidad presente hoy en día en las ciudades permite que los residentes se puedan plantear una combinación entre transporte público y transporte compartido discrecional, como taxis o vehículos de plataformas de movilidad, que resuelva sus necesidades para desplazarse sin necesidad de tener un automóvil particular.
Esta transición no depende únicamente de plataformas como Cabify, sino de la consolidación de un estilo de vida en las ciudades. El ciudadano actual toma decisiones racionales en tiempo real, combinando el transporte público, la micromovilidad y el ride-hailing según su necesidad inmediata, en lugar de apostar por una movilidad “automóvil-centrista”. Al eliminar la obligación de conducir el propio vehículo, transformamos el transporte de un coste fijo rígido a un coste variable flexible y adaptado a la realidad de cada usuario.
Mirando hacia el futuro, este cambio de mentalidad ofrece un “dividendo urbano” que trasciende la economía doméstica. Si incentivamos desde las políticas públicas el paso de la propiedad al acceso, aliviaremos los bolsillos de los ciudadanos, liberaremos espacio público, mejoraremos la movilidad en las ciudades y la calidad del aire que respiramos en ellas. Fomentar la economía del acceso a la movilidad urbana es alinear, por fin, los intereses financieros de las familias con los objetivos de sostenibilidad de nuestras ciudades.