Feb 05, 2026
Les aseguro que si vamos a un comité de inversiones y le decimos a nuestro CFO que queremos comprar una maquinaria nueva, pero que solo funcionara el 5% del tiempo, nos preguntaría si estamos locos y por supuesto que no lo autorizaría. Sin embargo, hemos normalizado hacer exactamente eso con el automóvil particular. Los datos son contundentes: los autos pasan el 95% de su vida útil estacionados, ocupando un espacio público valioso y deteriorando la calidad de vida urbana. Esta ineficiencia no es inocua; al perpetuar el modelo de propiedad, incentivamos inconscientemente que las políticas públicas prioricen el pavimento y los estacionamientos sobre las personas y las áreas verdes, pensando las ciudades para los autos en lugar de poner a las personas en el centro.
Desde una perspectiva socioeconómica, la dependencia del vehículo particular es una carga financiera que a menudo subestimamos. Más allá del precio de compra, el costo del mantenimiento, el combustible, los seguros y el permiso de circulación representan una fuga constante de recursos para las familias chilenas. Al liberarnos de la obligación de “tener” para empezar a “usar”, no solo generamos un ahorro directo al bolsillo, sino que también democratizamos el espacio. Un sistema de movilidad eficiente no es aquel donde todos tienen auto, sino donde las personas con mayores ingresos también eligen el transporte público o compartido porque es la opción más lógica y eficiente.
El futuro de la movilidad en Chile no pasa solo por reemplazar un motor de combustión por uno eléctrico, sino por cambiar el paradigma de propiedad por el de acceso. La verdadera libertad de movimiento radica en la multimovilidad: tener la flexibilidad de caminar o usar la bicicleta para trayectos cortos, confiar en el transporte público o el Metro para distancias medias, y utilizar aplicaciones de movilidad como Cabify cuando la situación específica lo requiera. Esta combinación inteligente nos devuelve tiempo de calidad, reduce el estrés del tráfico y nos permite redescubrir la ciudad desde una perspectiva humana, no desde detrás de un parabrisas.
Debemos ser visionarios y exigir una planificación urbana que ponga a la eficiencia y a la persona en el centro. Dejar el auto particular en casa —o mejor aún, no tener uno— no debería ser un sacrificio, sino una mejora tangible en nuestra calidad de vida. La ciudad del futuro, esa que ya estamos empezando a soñar y construir, será aquella donde el estatus no lo da el modelo del auto que conduces, sino la libertad de elegir cómo te mueves sin ataduras, contribuyendo a un entorno más sostenible, justo y conectado para todos.