15 de abril de 2026
En Colombia, la brecha de género en el mercado laboral no es solo una cifra estadística; también se refleja en cómo las mujeres habitan y se mueven en sus ciudades. Tradicionalmente, el sector del transporte ha sido un espacio masculinizado, donde estructuras rígidas no siempre dialogan con la realidad de muchas mujeres que, además de generar ingresos, gestionan responsabilidades de cuidado. El desafío no es únicamente aumentar la participación, sino entender que la movilidad puede convertirse en una herramienta concreta para habilitar autonomía económica.
Hoy, esa brecha sigue siendo evidente. De acuerdo con datos de DANE, la tasa de participación laboral de los hombres en Colombia ronda el 70%–75%, mientras que la de las mujeres se ubica cerca del 50%–55%, lo que evidencia una diferencia estructural de más de 15 puntos porcentuales. Esta brecha no solo habla de acceso al mercado laboral, sino de las condiciones en las que este se desarrolla.
En este contexto, las plataformas de movilidad han introducido un cambio relevante: esquemas de generación de ingresos más flexibles, donde cada persona decide cómo y cuándo conectarse. La tecnología permite que conducir se convierta en una alternativa viable para mujeres que necesitan compatibilizar distintas dimensiones de su vida, como el cuidado o proyectos personales. Esto no solo impacta el ingreso individual, sino que también aporta a un ecosistema de movilidad más diverso y representativo.
Sin embargo, avanzar hacia una inclusión real implica reconocer los obstáculos que persisten. Desde estereotipos culturales hasta preocupaciones legítimas sobre seguridad, las barreras no son menores. Para que más mujeres vean en la conducción una oportunidad, el entorno debe evolucionar: no basta con facilitar el acceso a la plataforma, es necesario construir condiciones que promuevan su permanencia y desarrollo dentro del ecosistema.
La conversación, entonces, no debería centrarse únicamente en cuántas mujeres participan, sino en cómo se diseñan entornos más equitativos dentro de la movilidad. Esto implica desarrollar soluciones desde la tecnología hasta los modelos de incentivos que respondan a necesidades reales y a las distintas formas en que las mujeres viven la ciudad.
En esa línea, la discusión pasa por cómo el ecosistema puede avanzar en ofrecer mayores condiciones de seguridad, flexibilidad y acompañamiento para quienes encuentran en la movilidad una oportunidad de generar ingresos. Esto incluye repensar los esquemas tradicionales para que no penalicen la intermitencia en los tiempos de conexión, así como fortalecer espacios de formación y comunidad que permitan a más mujeres desarrollarse con confianza dentro de este entorno.
Más allá de iniciativas puntuales, el reto es dejar atrás modelos tradicionales que históricamente han dejado por fuera a una parte importante de la población y avanzar hacia un ecosistema que entienda la diversidad de realidades desde su diseño.
Mirando hacia adelante, la autonomía económica de las mujeres a través de la movilidad tiene el potencial de generar transformaciones más amplias. Cuando una mujer gana mayor control sobre su tiempo y sus ingresos, también cambia su relación con la ciudad: deja de ser solo usuaria para convertirse en una agente activa dentro de ella.
En ese camino, el reto es colectivo. ¿Estamos realmente preparados como empresas y como ciudades para rediseñar la movilidad desde una perspectiva que priorice la seguridad, la flexibilidad y la participación de más mujeres?